Guillier o Piñera, ¿dan lo mismo?

Posiblemente no dé lo mismo votar por Alejandro Guillier o Sebastián Piñera el próximo domingo. Sin embargo, para muchos esta jornada electoral del balotaje se ha convertido en un “trance histórico” o en un verdadero “punto de inflexión”, expresión que ahora es tan recurrida. Ha colaborado a esto el agravioso tono de la contienda electoral y las tensiones provocadas por unos comicios que todos suponen muy estrechos, justamente por la incertidumbre que reina respecto de la conducta que manifestarán quienes votaron en la primera ronda por los otros seis candidatos, como por la decisión que adopten los ciudadanos que se abstuvieron y que son más de la mitad.

En todo caso, sabemos que Piñera ya gobernó y que lo más probable es que lo haga más o menos parecido en caso de reelegirse. Respecto de Guillier hay más dudas de cómo podría ser su gestión, pero ya sabemos cómo son y qué comportamiento han tenido en La Moneda los partidos que hoy lo apoyan y con quienes pudiera gobernar si resulta ganador. De lo que no podemos confiarnos mucho es de las promesas de ambos candidatos, especialmente cuando se proponen ejecutarlas solo “en la medida de lo posible”. Es decir, bajo el imperio de la Constitución y las leyes vigentes, así como acatando la nueva correlación de fuerzas del Parlamento, donde la derecha tiene una mayoría que bien podría ser contrarrestada por la bancada del Frente Amplio, si es que éste actúa más o menos de consuno, lo que parece difícil. Pero todos ya sabemos que lo que resuelve el Poder Legislativo después puede ser desestimado por el Tribunal Constitucional, entidad que en la práctica se ha constituido en el poder supremo del Estado.

Pero tampoco existe mucha certeza de cuánto apoyo podrá sumar el nuevo mandatario, cuando la unidad de las expresiones emergentes no parece ser muy monolítica. Tal como ocurre con el mismo Frente Amplio tampoco se pueden hacer certeros vaticinios respecto del proceder de los demócrata cristianos o de los parlamentarios que decidan marginarse definitivamente de esta colectividad y partir Dios sabe para dónde. Junto con lo anterior, tampoco se puede predecir la conducta de otros sectores de la Derecha, especialmente de las expresiones más extremas del pinochetismo. No olvidemos, asimismo, que también lograron elegirse una cantidad de diputados y senadores díscolos que, en esta oportunidad, intuimos que serán más abundantes que en el pasado.

Evidentemente, nos preocupa mucho lo que pase el próximo domingo, pero los escrutinios realmente no logran quitarnos el sueño. Lo más interesante a dilucidar vendrá al momento de que el elegido defina sus equipos de gobierno y los que resulten derrotados demarquen su estrategia opositora. Sin descartar que, entre éstos, algunos decidan cambiarse de bando o dejarse seducir por los clásicos “cantos de sirena” de los recién llegados a La Moneda. Nuestro Estado, si bien no tiene más poder que la gran clase empresarial, y todavía le teme tanto a la insubordinación de los militares, es evidente que ofrece centenares o miles de atractivos puestos de trabajo. Ya sea en los cargos que son de la confianza de los gobernantes,  o bien como asesores y operadores políticos, cuyas remuneraciones están muy por encima, por supuesto, que las de los funcionarios públicos de carrera o del promedio recibido por los trabajadores del país.

Hay partidos y movimientos cuya cohesión o sobrevivencia  parece que depende demasiado de los cupos que le sean asignados en La Moneda, los ministerios, las embajadas y las pocas pero muy bien pagadoras empresas del Estado.

Hasta aquí lo más importante de toda esta brega electoral ha sido la demostración de que todavía existe un número mayoritario de ciudadanos que no concurre a sufragar, que  no manifiestan interés por los asuntos públicos o dejaron de creerle al conjunto de la clase política.  Sin duda que el prestigio de nuestro sistema institucional dependerá mucho más de cuántos ejercieron su voluntad soberana más que de quien resulte elegido, después de haber tenido hasta ocho opciones presidenciales entre las cuales elegir. No es descartable, sin embargo, que en la segunda vuelta pueda haber muchos que vayan a marcar preferencia por uno de los dos candidatos que se mantuvieron en carrera. Las campañas del terror de lado y lado pueden contribuir a esto. Aunque ahora ha habido llamados explícitos de algunos referentes políticos a sustraerse de la nueva votación.

En lo que respecta al discurso, es evidente que ya tuvimos el logro de que los candidatos se sensibilizaran algo más a las demandas del pueblo. Tanto Piñera como Guillier saben que sobre el tema de la gratuidad de la educación tendrían que ofrecer soluciones contundentes, así como respecto del sistema previsional, en que transversalmente la clase política sabe que el sistema de las AFP está en crisis y que esta demanda está llamada a intensificar sus drásticas movilizaciones sociales. Lo mismo creo que está sucediendo con la salud y lacras como la criminalidad,  una realidad que tiene verdaderamente iracunda a nuestra población.

En otro aspecto, el tema de la escandalosa concentración de la riqueza y la realidad de las precarias remuneraciones de los trabajadores, hasta desde el mundo empresarial escuchamos voces ahora de que esta desigualdad tiene que encararse, aunque en el deseo de los grandes empresarios y millonarios no exista más que el ánimo de evitar una explosión social o un cambio drástico del modelo económico imperante.

De todas maneras, los “ofertones” de los candidatos para ganarse el apoyo de la clase media y de los pobres en ningún caso podríamos calificarlos de audaces o revolucionarios. Prima más bien la confianza en el actual modelo, a pesar de que en el mundo entero se constata su fracaso en materia de equidad y paz social. Nos asiste la triste convicción de que para ambos contendientes lo más importante sigue siendo recuperar las macrocifras del crecimiento, más que pensar en una reforma tributaria para que un puñado de los más ricos deje de llevarse el 80 por ciento del PIB,  y los impuestos continúen golpeando tan duramente a los que menos ganan,  y que con cuyo sueldo o pensión deben devolverle al Estado, a las APP y a las isapres más del 30 por ciento de sus ingresos brutos.

En este sentido, es cierto que ambos candidatos y comandos expresan cierta preocupación sobre la forma en que se deteriora nuestro medio ambiente y, al mismo tiempo, de cómo se van extinguiendo nuestros productos naturales por nuestras políticas extractivistas y  ese descarado y bochornoso afán de lucro de las grandes mineras e inversiones extranjeras. Sin embargo, lo cierto es que aún no escuchamos promesas contundentes en este sentido, como en la forma que ya nos afecta el cambio climático. Por el contrario, hay quienes en estos días hasta han celebrado que las Naciones Unidas haya premiado a la Presidenta Bachelet por proponerse suprimir el uso de las bolsas plásticas en las zonas costeras del país, cuando,  paradojalmente, sus dos gobiernos poblaron de termoeléctricas a todo el país. Cuando muchos países del orbe se encuentran desmontando las instalaciones a carbón, las más contaminantes de todas las formas de energía.

Porque lo cierto es que las diversas estrategias de desarrollo, más allá de las hipocresías que proclaman, tienen por objetivo principal y obsesivo mejorar nuestros  deteriorados índices macroeconómicos, sin perseguir realmente el bienestar de nuestra población y el saneamiento de nuestro entorno natural. Uno de los más deteriorados del mundo. Por los relaves de la minería.

¿Da o no da lo mismo votar por uno u otro candidato? Lo justo es que usted saque libremente sus conclusiones. Más allá, por cierto, del bombardeo electoral que se nos hace por los medios de comunicación, las redes sociales o las consabidas prácticas del rumor.

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