Trabajo y empleo para el buen vivir

Por Manuel Baquedano/ Sociólogo. Instituto de Ecología Política.

Orientarnos hacia un nuevo modo de vivir basado en la práctica de una simplicidad voluntaria supone replantearnos la relación existente entre los conceptos de trabajo y empleo.

El trabajo, definido como la modificación de la realidad que se nos presenta, ha sido una actividad inherente a la condición humana y existen numerosos formas de ejercerlo que van desde el trabajo esclavo hasta el trabajo libremente realizado. En contraposición, el empleo es una forma de trabajo donde la persona intercambia su actividad humana para hacer bienes y servicios a cambio de una remuneración que a la vez le permite acceder a los bienes y servicios que necesita y que no puede o no quiere producir por sí misma.

Lo cierto es que podemos hacer nosotros mismos la mayoría de las cosas básicas que necesitamos para la vida o también podemos, como sucede frecuentemente, pagar para que otros lo hagan. Como sostiene el economista Ernst Friedrich Schumacher en su prólogo al famoso libro de John Seymour, “La vida en el campo” (Blume, 2012), en realidad “Son dos sistemas de abastecimiento que podríamos denominar ´sistema de autarquía´ y ´sistema de organización´, respectivamente. El primero tiende a crear hombres y mujeres independientes; el segundo supone hombres y mujeres integrados en una organización. Todas las comunidades existentes se basan en una mezcla de ambos sistemas; pero la proporción de uno y de otro son diversas”.

La sociedad de consumo no podría haberse implantado y alcanzado el desarrollo que hoy ostenta si no se hubiese producido simultáneamente un cambio en el modo de vida de amplios sectores de la población. A esa transformación podemos caracterizarla como el paso desde de un modo de vida basado principalmente en la “autarquía” a otro basado en la “organización”.

Este tránsito de un modo a otro es el mismo que Schumacher sintetiza magistralmente en el prólogo antes mencionado al afirmar que “En el mundo moderno, durante los últimos cien años aproximadamente, se ha producido un cambio enorme y único en la historia: de la autarquía a la organización. A consecuencia de esto, las personas se vuelven cada vez menos autosuficientes y más dependientes. Pueden afirmar que tienen niveles de educación más altos que cualquier generación pasada; pero lo cierto es que no pueden hacer nada sin ayuda de los otros. Dependen completamente de vastas y complejas organizaciones, de máquinas fabulosas, de ingresos monetarios cada vez mayores. ¿Qué ocurre cuando sobreviene el paro, la avería mecánica, las huelgas, el desempleo? ¿Proporciona el Estado todo  lo necesario? En algunos casos sí, en otros no. Muchas personas quedan atrapadas en la red de seguridad; y ¿Qué ocurre entonces? Pues sufren, se desaniman y hasta se desesperan. ¿Por qué no pueden ayudarse a sí mismas? En general, la respuesta es evidente: no saben cómo, nunca lo han intentado, no sabrían siquiera por dónde empezar”.

En este contexto, las energías renovables como la solar y eólica no serán solo para alimentar la minería o la industria sino que deberán estar al servicio de la gente para que la sociedad pueda liberarse de las corporaciones que la producen y distribuyen en forma centralizada.

El cambio de Era nos impone a lo incierto como una característica de nuestra vida cotidiana y es muy probable que los “sistemas” o la “organización” se tornen cada vez más vulnerables e impredecibles por la conjunción de los tres problemas más acuciantes que enfrenta la sociedad actual: el cambio climático, el término de las energías fósiles y la pérdida de la biocapacidad del planeta.

Para enfrentar un cambio mayor -el cambio civilizatorio- será necesario prepararse desde ahora para transitar desde la “organización” a la “autarquía” que, por no poder ser nunca completamente autosuficiente, llamaremos “autonomía”. Una sociedad que encuentra un nuevo equilibrio entre estas dos formas de enfrentar el desarrollo humano estará mucho mejor preparada para poder sobrellevar el Colapso civilizatorio, la sobrevivencia y el renacer de la humanidad bajo una nueva civilización.

De allí que buena parte de la  producción de bienes de uso deberán ser elaborados en forma local y tendrán que volver primordialmente a la esfera de la ciudadanía, de la familia, el barrio o la comuna. Estos productos locales unidos a la eliminación de los bienes superfluos crearán la condiciones para ir saliendo de la sociedad de consumo y sentarán, de a poco, las bases para la liberación del tiempo que conlleva tener un empleo remunerado dentro de la “organización” para reemplazarlo por tiempo de trabajo personal o comunitario “autodeterminado”.

La creación de este espacio ciudadano donde los seres humanos puedan asegurarse con su propia fuerza de trabajo las condiciones básicas de su existencia será la clave para fijar el derrotero de las nuevas luchas democráticas. El futuro no es reemplazar el automóvil a bencina por uno eléctrico en las ciudades; más bien se trata de implementar una política de  transporte público gratuito y de calidad complementado con el uso masivo de la bicicleta. En este contexto, las energías renovables como la solar y eólica no serán solo para alimentar la minería o la industria sino que deberán estar al servicio de la gente para que la sociedad pueda liberarse de las corporaciones que la producen y distribuyen en forma centralizada. En simultáneo, la alimentación podrá tener su base en los huertos comunitarios y locales que producirán para la ferias en vez de hacerlo para los supermercados. El objetivo final es alcanzar un nuevo equilibrio que nos permita vivir en armonía con otros seres y con la naturaleza para seguir compartiendo, todos juntos, este hermoso planeta.

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