El frente amplio chileno: superar fronteras en el nuevo escenario político

En esta columna busco desarrollar mi visión de una de las propuestas que defiende Revolución Democrática y que ha sido uno de los elementos principales que me atrajo a incorporarme a sus filas: el frente amplio.

En las últimas elecciones vimos la conformación de nada menos que nueve candidaturas y esto sin considerar varias que participaron en primarias. Más allá de sus consecuencias electorales, poco se discutió sobre la causa de este explosivo aumento en las ofertas políticas. Este fenómeno, en mi opinión, sería un síntoma de un cambio en el tejido político. Un cambio que no ha cristalizado aún, pero ha despertado el interés y la avidez de todas las fuerzas políticas. Es decir, la abundancia de candidaturas en las pasadas elecciones fue, hasta algún punto, una primera medición de cómo se materializará la correlación de fuerzas en este, abusando de un lugar común, “nuevo ciclo político”. En este ciclo, el frente amplio que aglomere las fuerzas de izquierda en torno a las transformaciones de mayor justicia, igualdad y solidaridad, superando el fraccionamiento, todavía no se ha vislumbrado, pero algunas señales parecen promisorias.

La conformación de un referente amplio que permita aunar fuerzas transformadoras, que haga viable cambios estructurales para superar las desigualdades del sistema, ha sido tema de conversación obligatorio de cada generación política. En la historia reciente de Chile, si se permite una simplificación muy esquemática, ha habido tres ideologías que han funcionado como motores principales de cambio social hacia un país más justo, igual y solidario: socialdemocracia (en sentido amplio), marxismo y socialcristianismo. Cada uno en algunos momentos adquirió menor o mayor protagonismo, pero, con sus evidentes diferencias, todas han colaborado a transformaciones que volvieron irreconocible el antiguo Chile de fines de siglo XIX. Así, el momento de mayor aceleración en esa transformación se logró, justamente, con importantes convergencias entre sectores de estas visiones, en la segunda mitad de los sesenta y comienzos de la década de los setenta. Unir los sectores progresistas de estos motores de cambio no es una idea nueva, pero el desarrollo del último tiempo, el “nuevo ciclo político”, ha generado un escenario interesante, una ventana de oportunidad que invita a revisitar esta idea. Una ventana que se abre, pero, como varias antes, sin nada garantizado.

La necesidad de generar un referente nuevo de convocatoria amplia que supere las fronteras actuales, a un cuarto de siglo del fin de la dictadura, con varios ensayos a nuestro haber, es un sendero que llama a un trabajo inédito, pero que se puede nutrir de varias lecciones aprendidas de intentos previos:

1. No sirve de nada sumar organizaciones para generar enormes “sopas de letras”, pero en las que cada organización tiene un poder de convocatoria mínimo. Las alianzas amplias, incómodas incluso, son necesarias y requieren un horizonte de largo plazo. Hay que sospechar de alianzas en las que todos piensan demasiado parecido, ya que es probable que alianzas que no vayan más allá de los nichos naturales, no obtengan más votación que sus números históricos. Es clave para hacer viables estas alianzas amplias contar con horizontes de trabajo que no se reduzcan al plazo entre una elección y otra. Una visión a 10 o 12 años es un mínimo necesario.

2. Un referente transformador con incidencia real requiere de alianzas amplias pero con límites claros. Por un lado, construir un referente que pueda avanzar decididamente hacia los cambios, sin tener fuerzas en su interior que empujen en la dirección contraria. Este es el problema que presenta hoy la Nueva Mayoría en varios de los partidos que la componen. Por otro lado, y con igual importancia, es necesario superar otro aspecto: el gusto por la derrota, aspecto tan nocivo al interior de una alianza como el primero. Esto es, la existencia de grupos pequeños que, rodeando el poder, enfrentan los procesos electorales con la vocación del martirio. Y, aunque parezca extraño, en la derrota también se puede encontrar placer y la reconfortante conciencia del purismo. En su versión moderada, el gusto por la derrota se manifiesta en la conformación constante de proyectos imposibles y, en su versión más extrema y debilitante, en la huida completa de la disputa electoral. Ese gusto por la derrota para reivindicar el purismo, en alguna medida, existe en todos nosotros y es imperioso superarlo en nuestras iniciativas para que estas tengan verdadera vocación de mayorías.

3. Hay que terminar con los discursos de fronteras pueriles entre los “vendidos”, por una parte, y los “irracionales”, por el otro. Una pelea antiquísima dentro de la izquierda y que gasta una cantidad impresionante de energía y esfuerzo. En concreto, los que no estamos en la Nueva Mayoría no sólo nos debiésemos alegrar con los logros de sectores progresistas en la futura coalición de gobierno, sino que debiésemos apoyarlos cuando podamos. Esto no sólo porque hay que superar la mezquindad que puede retrasar avances solamente por su origen, sino, también, porque debemos tener conciencia que el día de mañana nos tocará estar juntos. Ese es quizás el aprendizaje más importante de las últimas décadas, no hay “cincuenta por ciento más uno” sin esas fuerzas progresistas que hoy están aliadas con sectores continuistas. Del mismo modo, poco aporta desconocer las legitimas razones que llevan a varios a apostar por la conformación de nuevos referentes fuera de la Nueva Mayoría. No hay nada de “vendido” en uno ni de “irracional” en lo otro. Sin humildad, finalmente, no hay unidad posible.

4. Por último, el desarrollo de este referente se da en muchos planos diferentes e igualmente relevantes. No sólo la discusión electoral es relevante. Un nuevo referente necesita legitimarse profundamente. Para esto hay dos aspectos relevantes: las formas y el fondo. En momentos en que las confianzas de la ciudadanía con las organizaciones políticas son sumamente frágiles cobran una importancia especial aspectos relacionados a las formas. Es decir, no da lo mismo si los candidatos que se presenten son electos en primarias y el nivel de apertura que presenten las dirigencias de las organizaciones en la toma de decisiones. En cuanto al fondo, la gran batalla de la izquierda fue y sigue siendo cultural, es la pelea por el “sentido común”. Una cultura transformadora, con sus académicos, centros de pensamiento, de creación y difusión cultural, es fundamental.

Estamos frente a una nueva etapa en la historia política de Chile. En este escenario muchos con ideas muy similares nos encontramos en lugares diferentes, dentro o fuera de la NM. En mi caso, he decidido ingresar a RD para, desde ese espacio, poner mi grano de arena para que el frente amplio chileno deje de ser un sueño y se convierta en fuerza real.

 

Por Noam Titelman
Ex presidente FEUC y actual militante Revolución Democrática

Fuente: www.elmostrador.cl

Sea el primero en dejar un comentario

Denos su opinión

Tu dirección de correo no será publicada.