Republicanos consiguió lo que se propuso desde su nacimiento: llevar a José Antonio Kast a La Moneda. Pero llegar al poder también cambió al partido. Con el Gobierno aparecieron cargos, autoridades regionales, espacios de influencia y disputas que, desde la oposición, tenían mucha menos exposición.
Kast, además, ya no milita. Renunció el 11 de marzo y hoy gobierna desde una lógica necesariamente más amplia que la colectividad que fundó.
El remezón más visible está en Ñuble. Allí, 40 dirigentes y militantes formalizaron una salida coordinada ante el Servel y dispararon directamente contra la conducción nacional: denunciaron “centralismo asfixiante”, menor espacio para disentir y una estructura que, según ellos, pasó a privilegiar el cálculo electoral y las dinámicas internas por sobre los principios que los llevaron a militar.
La crítica no es solo administrativa. Los renunciantes reivindican probidad, preocupación por las urgencias sociales y protagonismo de las bases, y acusan que las posiciones críticas terminan marginadas. Es su diagnóstico, pero —según los sectores críticos— golpea precisamente uno de los relatos fundacionales de Republicanos: hacer política distinta a los partidos tradicionales.
La fractura venía incubándose. Poco antes había renunciado Jorge Luis Sánchez, histórico dirigente de Ñuble, luego de perder la interna regional frente a Cecilia Medina. Sánchez cuestionó “el fondo” y “las formas” del proceso y la participación de autoridades regionales.
Pero ni Sánchez ni los 40 renunciantes rompieron con Kast. El grupo mantiene como banderas la seguridad, la libertad, la familia y el patriotismo, y dice querer contribuir a la proyección del actual Gobierno.
Pero ahí aparece una incomodidad adicional para Republicanos: esas mismas banderas también forman parte del terreno político que disputa el Partido Nacional Libertario de Johannes Kaiser. Su programa pone la libertad como principio rector y combina ese eje con una agenda dura en seguridad y una marcada batalla cultural. No hay antecedentes, sin embargo, que permitan hablar de una migración hacia el PNL.
El problema es más paradójico: hay militantes que dejan Republicanos sin dejar necesariamente de ser kastistas, en un espacio político donde los libertarios también apoyan al Gobierno en varias materias sin subordinársele.
Del “dedismo” a las directivas quebradas
Ñuble tampoco está solo.
En Antofagasta, Republicanos perdió a dos concejales relevantes: Patricio Aguirre y Martín Tapia. Aguirre, uno de quienes participó desde la etapa de Acción Republicana, resumió su salida con una frase: “El dedismo político a veces pasa la cuenta”.
Su reproche apuntó a designaciones internas, problemas de conducción y falta de una estructura regional democráticamente consolidada. Tampoco rompió políticamente con Kast: sostuvo que uno de sus objetivos había sido precisamente verlo llegar a La Moneda.
En Coquimbo, la pelea interna terminó directamente con la disolución de la mesa regional. Tres renuncias obligaron a la conducción nacional a nombrar un interventor en medio de acusaciones cruzadas, filtraciones y una pugna por el control local.
La recomposición llegó recién en agosto. Loreto Ibarra ganó la interna con el 54,5% y asumió prometiendo “más orden, más institucionalidad y respeto” por los militantes de base. La consigna decía bastante sobre la tarea que recibió.
Los Ríos y Los Lagos suman otros síntomas. En el primero, un militante llevó al Tribunal Electoral Regional cuestionamientos por supuestas irregularidades en la conducción local, rechazados por el partido. En Los Lagos, un debate entre listas terminó con el retiro de una de ellas, gritos e intervención del secretario general Vicente Bruna.
No es, sin embargo, una desbandada nacional. Republicanos mantiene más de 23 mil afiliados y su padrón ha crecido durante 2026. El problema, hasta ahora, parece más político que estadístico: el partido aumenta militantes mientras antiguos dirigentes regionales cuestionan cómo se administra el poder interno.
Squella, Kast y la pelea por la identidad
La tensión también existe arriba.
Arturo Squella ha fijado una línea: respaldar estrechamente al Gobierno sin transformar a Republicanos en una sucursal de La Moneda. Está disponible para seguir encabezando el partido después de diciembre y ha defendido expresamente la capacidad de decirle que no al Ejecutivo cuando una decisión choque con sus principios.
Su tesis es que la mejor forma de ser leal a Kast es conservar una identidad propia. “La forma más leal de colaborar con el Gobierno es mantener clara la posición del Partido Republicano”, ha sostenido.
Y ahí aparece el contraste con el Presidente.
En el Foro Madrid, Kast hizo exactamente lo que un Mandatario necesita hacer cuando deja de hablar solo para los convencidos. Pidió no quedarse “pegados” en la disputa con la izquierda, defendió trabajar con quienes intentaron impedir su elección y lanzó una advertencia a los propios: abrirse no significa diluirse. “Ampliarse no es renunciar”, resumió.
También advirtió contra acomodarse en el poder y reproducir el reparto del Estado que su sector cuestionó durante años. Si terminaban haciendo lo mismo, dijo, la ciudadanía concluiría que eran iguales a quienes reemplazaron.
Fuente: El Mostrador
