Hasta dónde, hasta cuándo

Por Héctor Soto/ Abogado y periodista

Hace rato que la crisis de la Iglesia chilena adquirió ribetes novelescos. Aunque en su mayoría parecieran ser de otra época, nadie sabe hasta dónde podrían llegar en el presente los escándalos que se están destapando. Y tampoco hasta cuándo, puesto que las dudas ya están ensombreciendo páginas y figuras intocables del pasado.

Tal vez ni en sus peores fantasías la Iglesia Católica chilena imaginó la factura de descrédito que el país le iba a hacer pagar por razones de indolencia y complicidad. Los últimos años han sido extremadamente corrosivos para la institución y el problema radica en que, no estando del todo claro hasta dónde llega la crisis, todo está en duda, en entredicho y bajo sospecha. Hay coincidencia en que era difícil manejar esta crisis. Pero quizás también la haya en que fallaron todos o al menos muchos de los mecanismos de alerta y en que los súbitos cambios vaticanos de rumbo o de timón han ayudado poco a capear el temporal. El momento no puede ser peor. No hay liderazgos potentes y tampoco una agenda convincente de rectificación y salida. El Papa, hombre más amplio de corazón que de luces, que hasta aquí no ha podido estabilizar el barco, proclama sus buenas intenciones y pide perdón. Sin embargo, no se necesita ser muy listo para comprobar que está en una carrera contra el tiempo y que mientras más se prolongue la incertidumbre más alto será el costo del rescate tanto para la Iglesia como para él.

La Iglesia institucional -como jerarquía, como sacerdocio, como congregaciones religiosas- lo está pasando mal. Se dirá que con razón y es muy cierto. Pero también lo es que el derrumbe está arrastrando de momento a pecadores y justos por igual y que mientras la depuración no termine -y nadie sabe cómo ni cuándo podría terminar-, la presión que la emergencia está poniendo sobre curas que son sanos, sobre obispos que a lo mejor no son grandes lumbreras, pero que tampoco son parte de ninguna trenza de perversidad, está llegando a niveles insoportables. Eso, como lo sabe toda organización, es complicado, al menos desde la perspectiva anímica, porque es desde las comunidades religiosas y desde ellos -y de lo que ellos representan, no de emisarios venidos de Roma- que la institución debe comenzar a recomponerse.

Hoy salta a la vista y es una obviedad repetirlo: la Iglesia no supo manejar el tema de la pedofilia y los abusos. Falló en muchas partes y falló en distintos niveles. Tampoco enfrentó con altura el tema de la homosexualidad, que en su discurso público revestía enorme gravedad, pero frente a la cual hubo prelados, seminarios y colegios que hicieron la vista gorda, con los complicados dilemas que esto conlleva desde el momento en que los curas siempre interactúan, al menos frente a la feligresía y para qué decir frente a los niños y jóvenes, desde una posición asimétrica y de poder que contamina y distorsiona casi por anticipado las relaciones afectivas y sexuales.

La percepción que ve en la convergencia de celibato y homosexualidad una mezcla explosiva es atendible y no tiene mucho sentido cerrar los ojos. Todo indica que la Iglesia en alguna medida fue, ha sido, no sabemos si todavía lo sigue siendo, un canal torcido, de inserción y de legitimidad social para quienes, desde la buena fe, incluso, estaban en busca de su identidad sexual. Esta variable, si bien debe ser considerada al analizar el asunto de la renuncia a la actividad sexual del clero, tampoco es dirimente. La idea de que el celibato sea el avispero del abuso es tan frágil como la tesis de que la democracia sea el caldo de cultivo de la corrupción.

Hace rato que la crisis de la Iglesia chilena adquirió ribetes novelescos. Aunque en su mayoría parecieran ser de otra época, nadie sabe hasta dónde llegarán en el presente los escándalos que se están destapando. Y tampoco hasta cuándo, puesto que las dudas ya llegaron al entorno del propio cardenal Silva Henríquez, héroe de la oposición a la dictadura y también cabeza visible de la Iglesia más identificada con los perseguidos y los pobres. Pensar que detrás de esto hay un burdo operativo para netear responsabilidades y culpas entre grupos conservadores y liberales no solo es un tributo al simplismo. También es una manifestación de pertinacia, porque el problema es transversal y eso en ningún caso significa que los buenos tengan que estar necesariamente a un lado y los malos al otro. La cosa es más compleja, como por lo demás lo ha enseñado siempre el cristianismo. Podemos ser ángeles, podemos ser demonios y podemos serlo sucesiva e incluso simultáneamente.

Los escándalos de abuso están golpeando fuerte a las estructuras de poder de la Iglesia y desde luego también la están debilitando en su dimensión apostólica. Por arraigados que estén, los sentimientos religiosos no son inmunes ni a la vergüenza ni a la infamia. No sabemos todavía el desenlace que tendrá este proceso. Hay quienes piensan que esto es el final. Y también hay quienes asumen que esto no pasa de ser una piedra en el zapato en las vicisitudes de una institución milenaria. Entremedio, está la posibilidad de que la Iglesia en Chile vaya apagando su fuego misional y se convierta en una mera fuente de servicios, de servicios religiosos, claro, a la manera de algunas denominaciones protestantes europeas. Atienden, por supuesto, el culto y algún servicio a la comunidad desarrollan. Pero, en la práctica, no mucho más.

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